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¿Quién querrá tener hijos después del Coronavirus?

[Artikulu hau eldiario.es egunkariak argitaratu dit (2020-4-19). Hemen ikus daiteke]

Niños, Por Carretera, Distante, Apoyo[Iturria: Pixabay]

No todo el mundo está pasando el confinamiento de la misma manera, eso es claro. Están quienes viven en un piso de varias habitaciones (de los chalés ni hablamos) y familias que viven en una sola habitación; están quienes siguen cobrando el sueldo y quienes lo han perdido si es que lo tenían; están quienes pasan el día en medio del aburrimiento y quienes tienen hijas e hijos pequeños en casa… Un particular sentimiento de agravio recorre a quienes se encuentran en esta última situación: tras todas estas semanas de confinamiento se siguen preguntando cuándo van a pensar las autoridades en las y los niños, que llevan todo ese tiempo encerrados en casa sin ningún derecho a salir. Ha hecho fortuna la idea de que nuestra clase política ha pensado más en los perros que en la chavalería, y corren chistes como aquel de la familia que puso una correa a la niña y la invitó a decir guau para poder darle un triste paseo por la calle. Es que debe de resultar incomprensible ver que tu padre saca al perro a dar una vuelta mientras a ti te deja en casa.

Si además nos imaginamos lo que es tener chavalería de poca edad viviendo en un piso pequeño o en una sola habitación, disponer de escasos recursos y quizá padecer pobreza energética, acaso en medio de una familia emocionalmente tocada por las circunstancias que padece… el día a día puede ser muy duro. ¿Será que nuestra clase política no llega a imaginarse cómo será eso, que no lo ha visto nunca y no puede hacer ese mínimo ejercicio de empatía? Que no se pensara en qué hacer con la gente pequeña durante la primera semana no está bien, pero que tampoco se haya pensado a la tercera semana, ni a la quinta… Finalmente parece que se propondrá algo a partir del día 27 de abril (todavía no sabemos qué), pero ha pasado mucho tiempo, un tiempo muy significativo.

Qué enorme diferencia entre el interés que expresan nuestras y nuestros políticos por la infancia, y el interés que realmente se deduce de algunas medidas que toman sobre ella. Hay gobernantes que han venido señalando su preocupación por la baja tasa de natalidad que parece caracterizar a nuestra sociedad en los últimos años, y que tendrá repercusiones en el terreno educativo, social, sociolingüístico, laboral… Pero a la hora de la verdad, las familias se quejan de la insuficiente ayuda que reciben quienes desean tener criaturas. Y ahora llega esto, que lo deja absolutamente claro.

Miren ustedes, al principio del confinamiento hubo chanzas sobre si el encierro obligado provocaría un nuevo baby-boom. Pero eso, ahora, nadie lo cree ya. Tras el paso de estas semanas, se impone otra impresión: habrá quien se piense mucho el tener un segundo hijo. Y habrá quien se piense mucho el tener un primero. A la hora de la verdad, no solo no parece haber ayuda suficiente de las instituciones para poder elegir la maternidad/paternidad; es que, cuando las cosas se ponen complicadas, las instituciones no piensan en los y las niñas y en sus familias, y las medidas que adoptan lo ponen todavía más difícil. El periodo de depresión económica que se avecina no se anuncia proclive a un repunte de la natalidad, porque traer criaturas al mundo siempre necesita de un cierto grado de optimismo y valentía (o quizá de inconsciencia). Lo que algunas familias han padecido en este encierro con su chavalería no es precisamente algo que va a contribuir a esa decisión. Otras quizá estén escarmentando en cabeza ajena.

No hay duda del enorme esfuerzo que se está haciendo estos días en la atención sanitaria. Y al mismo tiempo esta crisis nos lleva a pensar en cómo gestionamos la vulnerabilidad de las personas en nuestra sociedad, esa vulnerabilidad que es una característica humana, y que se manifiesta de manera aún más clara en la infancia, en la vejez y en la enfermedad. La mortandad terrible de las personas mayores en las residencias ha puesto en duda el modelo de cuidados imperante para esta edad en nuestra sociedad. Que tantas personas mayores hayan muerto en soledad, sin el calor de quienes las querían, es un dolor que no se nos va a curar fácilmente. El encierro sin compasión –y sin revisión– de la infancia durante tantos días es el otro gran ejemplo de insuficiente atención a la vulnerabilidad en este tiempo de crisis.

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